La lección de Germán García
Título hurtado como se puede dar cuenta cualquiera que haya leído los ecos de un nombre, y al hurtar sólo estoy haciendo eco. También podría haber tomado las palabras que envió un amigo para saludar cuando se produjo el fallecimiento de Germán: un analista muy singular y un escritor inolvidable.
Situar a Germán García en el mapa cultural argentino implica hablar no sólo de un psicoanalista sino de un verdadero intelectual. Aquello que José Torres diferenciaba de los profesores, caracterizando a muchos de los que en Argentina la van de intelectuales, pero que en verdad, no son otra cosa que profesores. La diferencia entre uno y otro es que un profesor tiene influencia sobre sus alumnos (en el mejor de los casos), mientras un intelectual es alguien que extiende su influencia más allá del campo estudiantil, es decir, tiene ascendencia sobre la vida social.
1. La irrupción en la escena
Leemos en un fallo judicial del año 1968 en la República Argentina: “El protagonista no tiene ubicación precisa en el tiempo, ni en la geografía. Tan pronto es un niño como un adolescente. Está en Junín, en Rawson o en Buenos Aires (...). Por puro afán de ser original, de espantar al lector equilibrado o simplemente por incorregible incoherencia mental”. De esta manera finalizaba la argumentación del juez de turno, sobre una novela que tenía como personaje a un animal doméstico, la gata Nanina, y le recomendaba a su autor, Germán García, que se dedicara a otro tipo de literatura, “la que puede darle ¬brillo y nombre honroso” destacando previamente que “la obra carece de una sólida arquitectura argumental . A Germán, le podríamos atribuir aquella famosa frase de Freud desplazada: estábamos mejor, pues pocos años más tarde se la hubieran tomado conmigo, no con mis libros (el libro fue prohibido en 1968).
Poco antes de aquella sentencia, un escritor había realizado la crítica de la novela con otra perspectiva: “(...) y aunque a García nadie le dijo: Germán, joven Germán, véngase por Buenos Aires, escriba, lea, viva,” igual está aquí mirando de reojo esa “comunidad de precios y horarios” sin detenerse a pensarla: “Una sola reflexión y te me venías abajo, pobre ciudad”. Eran las palabras finales del comentario de Rodolfo Walsh, en la revista Primera Plana.
Leonor Curti lo expresó recientemente: “En diciembre de 1944, en Junín, Provincia de Buenos Aires, nace Germán García. Una infancia de juego, sol y la alegría y misterio del despertar sexual hacen su entrada en el debut literario y exitoso de García, Nanina. Escrita a los jóvenes 23 años del autor, plasma retroactivamente el deseo cada día más imperioso de vivir la vida, y de hacerlo en la ciudad de Buenos Aires. Nanina da cuenta de un acto que en tanto tal no podrá deshacerse. No habrá retorno ni al Junín natal, ni al sentido común, ni a los ideales pret-a-porter de una Argentina aspiracional y meritocrática. La partida será un canto a la búsqueda de la experiencia, en detrimento de los ideales como el Estado, el pueblo, la patria, el bien, Dios. Joyce, Dostoyevski, Sloterdijk, Freud y Masotta, Lacan y Miller señalan la orientación: ir contra el uso anestesiado de la lengua, a favor del efecto de corte, del agujero que la lengua puede producir, y servirse para ello de la cadencia popular que acerca al otro, no para convencer ni difundir, sino para incidir, para transmitir”.
2. Pasaje
Poco tiempo después de aquella irrupción, Germán García participaría de los grupos de estudio de psicoanálisis con Oscar Masotta. Si bien llegó al psicoanálisis por lo que se podría llamar la vía epistémica, eso no significó descuidar la práctica y según ha hizo saber, su pasaje al psicoanálisis tiene que ver con el encuentro con Masotta aunque se encontraba ya en análisis, a raíz de dos episodios que evocan la psicopatología de la vida cotidiana de Freud: el nacimiento de un hijo y la muerte del padre.
Con el afán de seguir espantando lectores equilibrados, de mostrar que no se trataba de incoherencia, o simple¬mente para demostrar que la lógica de la literatura no es la lógica jurídica, García escribió 20 años más tarde otra novela, Perdido, donde el prota-gonista insiste en no tener ubicación precisa en el tiempo ni el espacio. Tan pronto se encuentra en Barcelona como en Buenos Aires, habla en primera persona como en tercera. La diferencia está en que ya no se trataba de la obra de un joven que arriba a la gran ciudad, sino de una persona que no se ha encan¬dilado con las luces de ella ni con los brillos, que no cree que se trate de honrar al nombre, ya que el nombre se transmite, se hace, no se porta. En Perdido se cuenta la historia de tantos ausentes forzados: “Tampoco se citan mis últimos libros, ni se hace refe¬rencia a mi vida en España (cuando se habla de los que están afuera no se me nombra). ¿En qué lugar estoy? Al parecer, allá como una sombra y aquí como un ausente. No resulta agradable algunas veces y otras resulta un vacío sin imágenes”. Como se puede leer, el protagonista no cree demasiado en los lus¬tres de los nombres que brillan por su ausencia.
Importa destacar que esa novela se publica al poco tiempo que Germán García retornaba a la Argentina desde España. El retorno al país implicaba el reencuentro con el desencuentro de sus antiguos “amigos” y colegas de la Escuela Freudiana de la Argentina, que habían decidido su expulsión en el año 1981. Los títulos de las novelas de Germán García nunca fueron ajenos a la experiencia.
Elegí comenzar hablando de un libro en la irrupción porque, como afirma Graciela Musachi, no se puede hablar de García sin hablar de libros . También porque la relación con los libros de Germán García, y de igual modo con el psicoanálisis, es similar a la que plantea Harold Bloom respecto a la imposibilidad de diferenciar entre vida y literatura, ya que ésta sería la forma de la vida .
En el año 1985 Germán comienza sus clases en Tucumán. Sin la Escuela Freudiana de Buenos Aires, de la que había decidido su separación en el año 1979, pero también sin la Escuela Freudiana de la Argentina de la cual habían decidido su exclusión en el año 1981. Y, también, sin aquellos con los que había formado antiguas amistades. Retornaba a la Argentina con su libro Perdido y su adscripción al Campo Freudiano.
En las primeras clases de aquel curso de Tucumán dejó claro su proyecto: Allí se produce la explicitación de una política que es la del Proyecto Descartes: “Haré la revista Descartes”. Afirma entonces que el Proyecto implica que se trata de hacerse un nombre, que es diferente que un autor (se publicaran los libros de quienes participen en la BIP).
De esas revistas y esos libros, gracias a ese Proyecto Descartes son numerosos los psicoanalistas que se hicieron un nombre aunque varios de ellos tomaron otro camino y andan a cuestas con sus libros de autor. Como sabe cualquiera que ha hecho una mudanza, los libros son pesados, por eso a algunos de los psicoanalistas aludidos les caben las palabras que dedica Lacan a los psicoanalistas del yo: “¿Pero quién tendría la crueldad de interrogar al que se dobla bajo el peso de la valija, cuando su porte da claramente a adivinar que está llena de ladrillos?”
Si tenemos en cuenta que en el año 1992 publicó el libro Gombrowicz el estilo y la heráldica, hay que esperar hasta el año 2000 para la publicación del libro D’Escolar. La explicación está en el artículo “Intrusión textual” del libro mencionado, donde habla de los efectos de la Escuela sobre él: “la Escuela me ha advertido de las intrusiones textuales de los otros y más responsable de mis propias intrusiones textuales” .
El psicoanálisis en el cruce de discursos
1 - Episteme
¿Qué destacar de un psicoanalista argentino como contribución original al desarrollo del psicoanálisis? Sobre todo, después de la irrupción del lacanismo en la Argentina que, a mi criterio, dio lugar a la desaparición de lo que se denominaba hasta entrada la década del setenta “psicoanálisis argentino”, o eventualmente, contribuciones de diferentes psicoanalistas argentinos al desarrollo del psicoanálisis.
Entiendo que el mérito de Germán García junto a algunos otros, entre los cuales estaría como figura principal Oscar Masotta, fue la introducción en Argentina y en menor medida en España, de la teoría de Jacques Lacan. Lo que sucedió como irrupción de un nuevo saber en el campo de la práctica analítica hasta entonces predominante en la Argentina. El cambio devino como una cuestión epistémica, aunque sin dudas eso condujo a nuevos modos de plantear la clínica. Nuevo, importa señalar, para Argentina y España, ya que en París, Lacan había destacado el año 1953 como el inicio de su enseñanza. Esto es, a partir de la escisión de la Sociedad Psicoanalítica de París y la formación de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis.
De igual modo, según hace saber Anne - Cecile Druet, en España García fue el director, junto con Jorge Jinkis, de la primera revista dedicada específicamente al psicoanálisis, Sínthoma, publicando su primer número en el mes de marzo de 1981. Es decir, también participó en hacerles llegar las novedades de la práctica psicoanalítica a los españoles. Lo que dio lugar a un hecho ya comentado por diversos autores: el psicoanálisis lacaniano, irrumpió en la vecina España por la indirecta vía de los argentinos.
Producto de clases particulares, de la “universidad de catacumbas”, surgió su libro La otra psicopatología en el año 1978, y en el mismo año se publica su ensayo sobre la historia del psicoanálisis en la Argentina, La entrada del psicoanálisis en la Argentina (con una addenda de Graciela Musachi). Al continuar la obra de Masotta en España, escribe un ensayo donde señala que la supuesta indiferencia políti¬ca de Freud es, en verdad, una política diferente. Indica a los psicoanalistas que se sientan cómodos por haber dado con el objeto adecuado: “Los psicoanalistas pueden defender su territorio, pero el objeto analítico es siempre extraterritorial” .
Hablar de la producción teórica de Germán García en el campo del psicoanálisis, implica no dejar de lado los entrecruzamientos discursivos. Algún rasgo diferencial debe haber impuesto en los diferentes grupos de estudio que tenía Masotta, lo que condujo a que en el año 1974, cuando tuvo que partir de la Argentina, decidió derivar a la gran mayoría de sus alumnos a estudiar con García. Tenían un rasgo semejante: de los diecinueve miembros fundadores de la Escuela, en junio de 1974, eran los únicos dos que no tenían título. Eran psicoanalistas “profanos”. Eso no lo transformaba en “autodidacta” como equivocadamente supone la gente cuando se habla de aquellos que no pasaron por la facultad, o no terminaron sus estudios en ella. Así destacó en su oportunidad, en un reportaje que le hicieron en el diario Clarín, aludió a su educación de príncipe: lingüística con Buca que enseñaba Martinet, cursos sobre metodología con Gregorio Klimovsky y luego siguió en Europa, tanto en España como en Francia con su análisis. “Mi formación, agregaba, puede ser extrauniversitaria, pero me llevó una vida” ; ante lo que Jorge Jinkis, con su estilo, destacó en el número 35 de la revista Conjetural, que le complacía celebrar la respuesta: “¡Por fin un poco de distinción en medio de tanto bullicio democrático de las tropas!”
2 – Política
No obstante, las referencias culturales no lo condujeron en ningún momento a confundir la política en juego en el psicoanálisis. Por ello, al responder en un reportaje en el año 2002, en plena crisis política argentina, cuando mucha gente creía encontrar terreno fértil para el retorno de cierto freudomarxismo, García tomaba distancia, pues el hecho de que la práctica clínica esté recorrida por aquellas referencias culturales, no da licencia para hablar de cualquier cosa: “Hay indivi¬duos que pueden morir de pánico y otros que se reactivan, como el paranoico. Por ello es difícil ha¬blar colectivamente de la angustia y no es bueno que un psicoanalista se ponga a decir demasiadas cosas genéricas sobre situaciones colectivas” . Se tiene en cuenta que lo que sirve para un caso no da cuenta de otro.
En otro reportaje, en el año 2003, en el cual informa de una investigación que realizó con motivo de la beca Guggenheim, describe la situación del psicoanálisis: “Yo creo que gran parte del auge del psicoanálisis en Argentina tiene la particularidad de que los psicoanalistas argentinos, al enseñar psicoanálisis desde la carrera de Psicología, en vez de enseñarla dentro de la carrera de Medicina, metieron a todos los psicólogos el objeto del deseo: aspirar a ser psicoanalistas sin saber lo que eso quería decir. El psicoanálisis como forma académica se puede enseñar en el colegio, pero el psicoanálisis como formación de los psicoanalistas es otra cosa” . Afirmaciones que dan cuenta que las preocupaciones son similares a las que planteaba Lacan: cómo se produce la formación de un psicoanalista, y el malentendido que da por sentado que se arriba a esa condición cursando algunas materias en la facultad de Psicología.
No se puede decir que las contribuciones de Germán García sean similares a la de los llamados pioneros del psicoanálisis en la Argentina, ya sean los de primera o segunda generación, como se han autodenominado. Como se puede leer en distintas afirmaciones, el yo fetal de Rascovsky, los objetos aletargados de Fidias Cesio . Para Rolla los diferentes aportes consistieron en el ingreso de nuevos autores en el panorama: Klein, Fairbain y finalmente el psicoanálisis del yo . En tal serie podría agregarse la llegada de Lacan y, como se señaló, García fue uno de los responsables de ese arribo.
El ensayo sobre la Entrada del psicoanálisis posiciona al psicoanálisis en el entrecruzamiento discursivo, y destaca algunas cuestiones que serán fundamentales para no confundirse con las ideas que tiene García luego de su pasaje por Europa: él no se mimetiza con Sarmiento, creyendo que la Argentina es Europa y España la América colonial (como indicaba, en aquel libro, que había sucedido con Sarmiento).
En el año 1981, desde España, y a pocos meses de la primera participación de Lacan en América, en el encuentro de Caracas, Germán García se encontró con su exclusión de la Escuela Freudiana de la Argentina. Norberto Ferreyra señaló que a pesar de la amistad que lo unía con Germán García había decidido votar por su expulsión . Para ese tiempo, poco antes en verdad, tuvo lugar el encuentro de Caracas en el cual se produce el arribo de Lacan a América Latina por primera vez. García no concurre al mismo, pero envía un trabajo que años más tarde sería publicado en D’Escolar .
3 – El Campo Freudiano
En una de las clases dictadas en el año 1986, publicadas en el año 2007, hace explícita la pertenencia de su transmisión al Campo Freudiano, destacando el IV Encuentro llevado adelante en marzo del año 1986 en París al cual el grupo tucumano no había concurrido. Y afirma que hay que dejar de sostener al grupo psicoanalítico como grupo cerrado sobre sí; cada uno con el privilegio de las verdades no discutidas . España había dejado sin referencias nacionales, pero había dado lugar a otras internacionales.
En la misma clase menciona el tema de la extimidad, presente en el seminario sobre la ética de Lacan, alude a la relación entre psicoanálisis y política señalando que el compromiso con la extimidad sirve para tomar distancia del alma bella hegeliana que Lacan utiliza para hablar de la histeria y la paranoia. A lo que García agrega el dialecto de la procrastinación, que conduce a no estar en el lugar indicado a la hora señalada (es una crítica explícita, ya aludida, al grupo que se dirige).
Allí produce la explicitación del Proyecto Descartes con la fundación de la Biblioteca Internacional de Psicoanálisis (BIP) y la revista Descartes.
La misma crítica que realizó García a la oficialidad en la literatura, es la que lleva adelante cuando se trata de “la oficialidad” en el campo del psicoaná¬lisis, aún formando parte de ella. Por ello frente al olvido en que se intentó sumir en las diferentes “escuelas psicoanalíticas” de la Argentina el nombre de Masotta, García no sólo le dio su lugar en los ensayos mencionados, sino que jamás dejó de bregar para que aquel tuviera el reconocimiento que mere¬cía por ser quien introdujo la enseñanza de Jacques Lacan en Argentina y promover una lectura singular de Freud. Fue el primer invitado a las “Conferencias Oscar Masotta” a las que ya se aludió, lo que no significa quedar confundido, como ocurre con los apasionados. En el prólogo, Miller de manera similar a la del juez de la década del sesenta, destaca que el estilo de García es lo que motiva la intimidad de los fóbicos y que se trata de alguien que jamás acepta la comodidad de los notables. Y en sentido contrario al juez, que habló de falta de “arquitectura argumental”, afirmó que Germán es una persona dispuesta a golpear un poco intelectualmente, pero en completa igualdad, sin prepotencia, dejando el desprecio sólo para aquellos que por los efectos de su posición se creen “que no están obligados a responder ni argumentar”, es decir los notables. .
En el año 2004 dio un curso de verano en el Centro Descartes donde trabajó el tema de la actualidad del trauma. Tema que ha ocupado varias páginas en la literatura psicoanalítica, suscitado polémicas y debates, y ocasionado varias peleas, una de ellas famosa en los Estados Unidos. Si bien el tema tuvo su cuarto de hora 30 años atrás, cuando J. Mason desde los famosos archivos Sigmund Freud, en el año 1985, poniendo en escena una vieja disputa entre Ferenczi y Freud respecto a la veracidad del acontecimiento traumático, habló del asalto a la verdad.
Mostrando una nueva versión en la traducción del concepto unheimlich de Freud; para entender qué es lo que inquieta de la sorpresa, entre lo siniestro de Lopez Ballesteros y lo ominoso de Etcheverry, será necesario considerar la familiaridad antes que la extrañeza .
En el año 2003 en el reportaje antes mencionado comentó sobre la investigación que llevaría adelante con motivo de la beca Guggenheim. Allí señaló que su hipótesis es que “el psicoanálisis no puede demostrar que sea una ciencia pero le puede arruinar a cualquier otro discurso su pretensión de ser una ciencia. Es casi la misma función de los sofistas en Grecia”.
En el año 2005 publicó el resultado en su libro El psicoanálisis y los debates culturales, investigación con la cual Germán García confirmaba la agudeza que lo caracteriza en la lectura de la presencia del psicoanálisis en Argentina, el fenómeno de la recepción en el país y su ubicación en el contexto internacional. Aunque no se trate de un libro de historia, tiene la condición que Marc Bloch requería para una obra de esa naturaleza: que sea entretenida.
No deja de apelar a la ironía y el humor, para criticar a quienes piensan que se puede tener cultura como se tienen trajes elegantes; y advierte que la enciclopedia andante –al modo de Bouvard y Pecuchet- puede dar información sobre cualquier cosa, pero es incapaz de emitir juicio fundado. La cultura, entonces, resulta algo más que la mera información y recopilación de datos interesantes con los atavíos correspondientes.
Y si el “debate con la cultura” no debe reducirse al “debate con la política”, pues como afirma G. García, el psicoanálisis “es constituyente de la política al proponer al síntoma como inmanente a los lazos sociales”; no hay que olvidar otro texto aludido, Psicoanálisis, una política del síntoma, del año 1980, en el cual ubicaba el tema específico del psicoanálisis, que también había sido dejado de lado por el “discurso oficial” hasta los años setenta. Quien llegue a la lectura de ese texto con la expectativa de encontrar alguna originalidad, no se verá defraudado.
Alude a la novela del mexicano Jorge Volpi, una sátira contra el psicoanálisis, que muestra “la distancia de México con el psicoanálisis francés” que circula entre los argentinos. En términos de recepción produjo fenómenos curiosos, como que Eric Fromm fuera un “clínico” para los mexicanos, mientras en Buenos Aires resultaba un liberal con aires progresistas, es decir, usado políticamente.
Su libro El psicoanálisis entre las vanguardias, sigue la indicación de Lacan en su seminario XXI: que el arte debe ser tomado como modelo para otra cosa. Es un exhaustivo trabajo sobre las vanguardias del siglo XX, y en ningún momento cae en la práctica del psicoanálisis aplicado, antes bien, en delimitar otras prácticas de lo que es propio del psicoanálisis. En tal sentido, dirá que André Breton no entendía demasiado del psicoanálisis, a diferencia de Elisabeth Roudinesco. Y rescata, a diferencia de la historiadora, el conocimiento del psicoanálisis de parte de Salvador Dalí .
En aquel primer curso de Tucumán presenta una confrontación entre el tema del existencialismo y el psicoanálisis, y por otro lado, alude a la elección forzada y el tema de para qué debe servir el psicoanálisis. Respuesta que dará más adelante en el mismo curso, al afirmar que no hay problemas para entrar en un sitio, contrariamente a lo que mucha gente puede pensar, que el tema es cómo salir, y la respuesta a ese interrogante es que el psicoanálisis sirve para plantearse cómo salir de algo .
Como hace saber Maximiliano Fabi: “No hace mucho, en el Centro Descartes, Germán García nos recordaba su carta de ciudadanía. Era la época en la que también recomendaba la lectura de un libro de Marc Fumaroli, titulado La República de las Letras. De aquella República, Fumaroli detalla que sus coordenadas coinciden con las del sitio preciso en donde siempre pueda hallarse un ‘correctivo indispensable a la tiranía conformista de la doxa’, y refiriéndose a aquellos hombres de letras, explica que poseían un ‘dominio particular del tiempo’, al cual llama otium: un tiempo que niega al tiempo de los negocios, y que sólo el letrado sabía constituir en “el resorte de una felicidad fecunda.
“En aquel libro se postula también una curiosa antinomia renacentista: a la Universitas, sostiene Fumaroli, habría que oponer siempre la Academia; pero aunque al escuchar un nombre por el estilo, alguien podría pensar en una Escuela, la verdad es que estaría más en lo cierto si pensase más bien en un lugar donde ‘unos amigos eruditos se reúnen para conversar con el dueño de la casa’. Nicolás Peiresc, encarnaba al príncipe arquetípico de aquella República Literaria; y de él destaca Fumaroli: ‘Poseía -dice- un gran sentido de la comunidad científica, y del carácter colectivo de su trabajo y de sus resultados, como para permitirse perfilar en este conjunto una propiedad personal, que él hubiera tenido que reivindicar para su propia gloria’. Pero la generosidad de un Peiresc, explica Fumaroli, tenía también su contrapartida, ya que entre tanta causa, asesorías y enseñanza, los nombres de autor -y sus obras- corrían el riesgo de soterrarse. Contra ello, las academias pretendieron la invención un nuevo género literario: el de la ‘vida’ y el ‘elogio’ de sus más significativos miembros, quizás por no haber sabido captar a tiempo la última enseñanza de Sócrates.
“Escribir es hacer” -continúa Fabi- se decía hace bastante; y entonces podría leerse invertido: si hacer fuese entonces escribir, de pronto se comprendería que en ciertos lugares nadie pueda estar sentado sobre una silla sino más bien sobre palabras; sobre páginas que hacen a la geografía de una extraña República de Letras. Entonces ya no se trataría de contar ni de sostener nada, sino más bien de pensar en que quizás pueda ser cierto que estamos siendo contados (que seguimos siendo contados...), y que por algo, en algún recodo de ese laberinto de discursos, Germán dejó una clave que insiste en el título del que fuera, casi, el último de sus libros: a la sentencia medieval que afirma que ‘nadie entra en el cielo sino a través de la filosofía’, Germán García respondería que ‘nadie sale de los infiernos sino a través del psicoanálisis’. Y de eso se trata, como suele decirse; se prueba, se ensaya. Aquellos que salís de este sitio, sepan re-signar toda esperanza.
Marcelo Izaguirre

